viernes, 4 de abril de 2008

El pueblo que éramos



Hola a todos. Viendo la fotografía de mi amigo en lo alto de San Lorenzo aquí cerquita de la ciudad, rodeado de ovejas, me vienen otras imágenes no recogidas por mi cámara en aquel entonces. Las Palmas no siempre ha tenido el endemoniado número de vehículos a motor que hoy cubren sus calles dejándonos la sensación amarga de estar atrapados por estos horribles carromatos, ni tampoco tuvo siempre el negro asfalto cubriendo las calzadas ni el implacable hormigón comiendo cualquier atisbo de hierba. Pudiera decirse que Las Palmas tuvo su época pueblerina en el que animales y plantas vivían en comunión con aquellos que nos llamamos seres racionales. Y así cerrando los ojos puedo ver en horas de la tarde a un pequeño rebaño de cabras con sus ubres bamboleantes y el sonido de sus cencerros pasar por delante de casa, y al cabrero ofreciendo a los vecinos la rica leche; igualmente me es posible ver una hermosa vaca, majestuosa en su paso, de ojos serenos y casi tristes, ir detrás del hombre que la lleva ofertando su medida de espumeante leche preparada ya para tomarla, ¡qué gustazo!, con gofio.

Una buena taza de leche aún calentita por estar recién ordeñada, con una cucharada de maiz tostado y molido, -nuestro entrañable gofio que tantas ganas de comer llegó a paliar-, merecería un canto único del pueblo canario recordando lo que los sentidos percibían: el gusto y el tacto al paladear la tibieza de la leche, el olfato que por encima del tufo de los animales no quedaba indiferente ante el olor que subía hasta nuestras narices y la visión del color blanco de la espuma mezclado al amarillo del gofio.




Había en Las Palmas algunas vaquerías diseminadas por los barrios como la que según me cuentan estaba en la calle Tauro en La Isleta. También sé de otra allá camino al Sur por Hoya de la Plata propiedad de Papá Juan, padre de mi cuñado Pepe, en la que había un toro para la labranza y dos vacas productoras de rica leche que mi cuñado iba casi todos los días a recoger con una lechera. Recuerdo que en el barrio de San Antonio, en las primeras casas según se baja desde Schamann, había en la esquina un solar cubierto o un almacén grande en donde una cantidad de cabras y un macho cabrío se podían ver desde la calle sin asfaltar. El olor peculiar de estos animales no me hacía mella acostumbrado como estaba a él y lo que si constituía motivo de risas y algún comentario malintencionado era el hecho de tener que llevar 'la cabra al macho' aquellos que tenían algun animal en el patio de su casa.


Quizá pensaba en estas cabras pueblerinas nuestro querido Néstor cuando compuso su canción cantada por la genial Mary Sánchez:


Cabras locas, cabras locas
y el cabrero que las guarde,
que si yo fuera cabrero
cabras locas no guardare.

.../...

Yo compré una cabra rucia
me salió cascabelera
mal rayo parta a la cabra
y a quien acá la trajiera.


Hoy cuando en el supermercado cogemos las botellas de plástico o los tetrabric con la leche uperizada, semidesnatada o desnatada y -diría yo desnaturalizada- no estaría de más echar una vista atrás a otra época quizá menos higiénica y más pobre que la actual pero con mejores recuerdos, sin olvidarnos del hecho comprobado y cierto de que ninguna mujer se escapó entonces de que la leche, al hervirla, se le derramara siempre por fuera del caldero.
P.S. Fotos de la Fedac

Te deseo un buen día.

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